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Los antropólogos y la tecnología
Para la antropología clásica, ejercitada en el estudio de las sociedades “salvajes”, la interrelación entre las esferas no era una novedad, ya que la disciplina se había desarrollado en torno a una idea fundante: el holismo (de hole: totalidad). La aproximación holística surgió gracias al empecinado intento por integrar las dimensiones materiales y simbólicas. Más allá de las orientaciones teóricas, los antropólogos han relevado, descrito e interpretado los sistemas de conocimiento nativos (aunque sea en términos de “creencias”) como la etnobotánica, etnopsiquiatría, etnoastronomía, etnomatemática, etc. También han investigado los sistemas de aplicación y transferencia del conocimiento y las técnicas, tales como: ritos iniciáticos, prácticas shamánicas o de la vida cotidiana, ya sean relativos a la salud/enfermedad, preparación y conservación de alimentos, construcción de casas, embarcaciones, obras comunitarias como puentes, canales o graneros, técnicas de agricultura, caza y pesca, confección de vestidos, producción de armas, herramientas y artefactos en general; sin perder la perspectiva y el interés por contextualizar estos conocimientos y técnicas en su medio cultural y considerándolos como parte de esa totalidad.
El sabio maestro Marcel Mauss enseñaba a los antropólogos –en su célebre Essai sur le Don (1903)– que las relaciones económicas no se producían dentro de una “esfera”, aislada y pura. Por el contrario, en las sociedades salvajes los mercados no reducían sus actividades al puro intercambio de mercancías u objetos; parecía evidente observar como las transacciones “económicas” eran a su vez intercambios simbólicos, religiosos, políticos, etc. En otras palabras, las relaciones de intercambio estaban saturadas de significados y contenían toda la trama de relaciones sociales que la modernidad se había esforzado por opacar. Algo similar a lo que Bruno Latour predica en la actualidad en escenarios más amplios y que abrió un debate cuyo punto de partida más perturbador se nutre de aquellos viejos axiomas de la antropología clásica: Las esferas no existen, la red lo es todo.
Los fenómenos y artefactos –todos– contienen la profundidad histórica del proceso que los conforma y la integridad de las relaciones que determinan su complejidad. Entonces, nada es meramente “técnico” ni meramente “social”, lared evidencia la densidad de las dimensiones y relaciones que componen la trama de la experiencia humana. La elección de un artefacto o de una determinada tecnología contiene más aristas que costos y beneficios y conlleva, en ciertos casos, poderosos significados que movilizan, contradicen, superponen, condensan o encubren el espesor de estas redes: ¿es que acaso podemos pensar en el Pulqui como en un simple avión? ¿El resultado de un test de ADN como una mera determinación científica? Claro que no podríamos escindir las implicancias políticas, subjetivas e históricas que representan esos ejemplos, pero casi siempre tendemos a considerar los artefactos tecnológicos como el producto neutro de una ciencia igualmente neutra, esotérica y aislada, en una esfera mucho más lejana e inaccesible que el derecho y la economía.
Los antropólogos, interesados en el proceso de producción de canoas –por ejemplo–, se interesaban tanto en la forma y el diseño como en la obtención de los materiales necesarios para su construcción, pero también en los tatuajes de los marineros y en las ceremonias y rituales que aseguraban la confianza en el artefacto y en los vientos; nos habían familiarizado con la trama de relaciones que pueblan y dan sentido a un “mero” artefacto.
Los antropólogos, interesados en el proceso de producción de canoas –por ejemplo–, se interesaban tanto en la forma y el diseño como en la obtención de los materiales necesarios para su construcción, pero también en los tatuajes de los marineros y en las ceremonias y rituales que aseguraban la confianza en el artefacto y en los vientos; nos habían familiarizado con la trama de relaciones que pueblan y dan sentido a un “mero” artefacto.
La antropología clásica ha tratado de reunir e interpretar las articulaciones entre la vida material y la organización social, las disposiciones de la ley nativa y su particular economía –entendida como el sistema de intercambios que implicaba más que objetos–, la administración de los recursos naturales y los aspectos simbólicos de la cosmología, las particulares reglas de transferencia de conocimientos, técnicas y herramientas con el parentesco y la organización política.
La historia de los desarrollos teóricos de la antropología en torno al problema de la tecnología revela momentos de diversos reduccionismos –idealistas, culturalistas y materialistas– e interpretaciones sistémicas –funcionalismo, estructural funcionalismo– que oscilaron entre obviar la introducción de nuevas tecnologías derivadas del contacto con la sociedad occidental, hasta considerar estas innovaciones como herramientas “intrusas”, elementos “disruptores” y fuentes potenciales de conflictos y alteración en la vida social de los pueblos no occidentales. Esto significa que por lo general, incluso en las ocasiones en que la tecnología occidental fue concebida como un elemento exógeno y peligroso para la cultura en cuestión, los antropólogos han tendido a considerar las tecnologías “tradicionales” –es decir, las desarrolladas por los “nativos” en su propio contexto y con sus propios recursos– como una entre tantas de las expresiones materiales de una cultura determinada. Incluso algunas escuelas, como el evolucionismo del siglo XIX, han reflexionado explícitamente acerca del protagonismo de la tecnología en el desenvolvimiento universal de la humanidad, concibiendo a la misma como uno de los principales indicadores y vectores determinantes del progreso humano.
Por último, los antropólogos han examinado el impacto de la tecnología occidental en el contexto del colonialismo. Este “impacto” no sólo compromete la simple introducción de tecnologías exógenas, como por ejemplo el hacha de metal o las vacunas, sino también la incorporación (muchas veces por la fuerza) de nuevos términos en la organización del trabajo y la producción, la destrucción o pérdida de recursos naturales, tales como el propio territorio y especies de la flora y fauna local, y el detrimento o desaparición de técnicas y conocimientos específicos debido a la “reeducación” llevada a cabo como sólida imposición de la cultura “blanca” occidental.
Los mitos que construyen la tecnología occidental se encuentran imbricados en la superstición de las “esferas” autónomas, el progreso inevitable y cierta sospecha de blasfemia. Básicamente la tecnología se inscribe en el vórtice que tensa dos fuerzas antagónicas: tecnofobia y tecnofilia. La primera hunde sus raíces en los mitos de origen que nutrieron al romanticismo y que sueña la emergencia de la tecnología como una maldición divina –el anatema del artificio– y, análogamente en virtud de su sacralidad, la tecnología es conjeturada como redentora y portadora de la salvación de la humanidad.

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